sábado, 11 de junio de 2016

En capítulos anteriores....

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Llevo ya 11 días en este Londres brumoso y obseso con el Brexit, encantado de ser, por unos días, el centro de atención, como un niño malcriado. Hasta el momento sólo he tenido dos aventuras extraconyugales..., perdón, quise decir, extracadémicas. La primera fue la ardua y arriesgada empresa, de notable esfuerzo y gallardía, con algo de fortuna también, por la que después de mucho caminar y algunas penalidades conseguí el objeto preciado: una cuenta corriente en un banco inglés. Nada fácil, que nadie crea que exagero. Visité cinco sucursales de diversas denominaciones y en todas, absolutamente en todas, la respuesta fue la misma: usted necesita "proof of address", que en concreto significaba un contrato de arrendamiento o facturas de la luz, teléfono, etc. Y yo con el papel de la universidad en la mano y cara de idiota. Lo intenté también en el Santander, dispuesto a abrirme una cuenta en España si eso facilitaba las cosas. Nada, proof of address de nuevo. En una ocasión incluso la que me daba calabazas por cuarta vez sugirió que si yo transfería dinero desde España estaría violando la ley, por no pagar impuestos en Uk. Así que me volví a casa resignado a buscar otras alternativas, más o menos rocambolescas, en esta Europa histérica donde nos tocan los cojones haciendo que hacen algo contra el lavado, evasión, fuga y descaro de capitales: correos humanos? cajeros automáticos? Al día siguiente, decidí ir a la biblioteca por un camino distinto, usando el overground, no el underground -por cierto, el metro de Londres cuesta aproximadamente 4 veces el de Madrid: en la zona 2, donde estoy, un trayecto al centro con la oyster card, peak, son 2,90 pounds, así que yo me gasto una seis libras al día. El caso es que iba andando y decidí intentarlo una vez más, en Lloyds. Para mi asombro, todo fue como la seda. El hombre que me atendió, un joven negro bien trajeado, estaba más preocupado por la muerte de Muhammad Alí que en pedirme alguna proof of address. Así que ya tengo una cuenta, en la que no hay ni un penique, a la espera de que el ministerio me pague la beca.
Mi segunda aventura fue el domingo pasado. Me fui a Foyle's. que abre los domingos e intenté también visitar las librerías de segunda mano de Charing Cross, pero apenas quedan una par de ellas. Imagino que habrán hecho como las de Oxford, es decir, trasladarse al campo, donde el precio del alquiler es mucho menor, ahora que pueden vender por Internet y no es necesarío que estén en lugares fácilmente accesibles para sus clientes. Luego me acerqué a Trafalgar Square donde un buena cantidad de Sikhs, con sus turbantes de varios colores, protestaban agriamente contra el gobierno... indio. En inglés.
Lo estrictamente académico consiste en largas estancias en la biblioteca. Ahora ya pertenezco oficialmente a la UCL, cuya principal atracción turística es la momia de Bentham, que exhiben dentro  de una especie de confesionario. Tal cual:
Para no sé qué señalado aniversario de la universidad, se llevaron la momia a la sesión plenaria, que fue registrada en las actas como:¡"presente, pero no vota!"
La conferencia que di el miércoles estuvo bien Luego nos fuimos a cenar a un pub inglés, el Duke, con un profesor de Cambridge que encarna en sí mismo toda la soberbia y la prepotencia que son rasgos británicos desde los tiempos de Budica. Estuvo un rato explicándome los magníficos platos que prepara y que yo no podría, porque esos ingredientes no los hay en España; luego elogió el modelo británico que permite casarse a los sacerdotes y concluyó la noche afirmando que el referendum sobre el Brexit era irrelevante, porque la UE nunca permitiría la salida de UK: paga mucho dinero, es demasiado valiosa. En fin, un hombre encantador, y la hamburguesa que me tomé, intrascendente.





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