domingo, 17 de julio de 2016

La resaca referendaria

Los políticos yankees se fotografían besando niños; los británicos en campaña prefieren hacérsela tirando cerveza. Y la verdad es que si yo fuera un físico diría que la política británica se comporta como un fluido. El 23 de junio se celebró el referendum, el 24 dimitió Cameron y hoy, 14 de julio, ya hay nueva primera ministra y nuevo gobierno. No parece que haya reglas ni normas que establecen plazos y formalidades, las cosas suceden, cambian y fluyen con asombrosa naturalidad, adaptándose a la urgencia del momento. A su lado, la política española tiene la consistencia de una roca granítica que nadie quiere ni puede empujar. 
Y si el río en el que uno se baña dos veces no es el mismo, tampoco lo es el partido tory tras ganar dos veces a los laboristas. Aunque se ha dicho que el nuevo gobierno está escorado hacia la derecha, que es menos "centrista" de lo esperado, lo que ha dicho Theresa May en sus discursos de estos días ella misma admitió que dejaría estupefacto a más de uno. En síntesis, lo que dijo es que ya estaba bien de dar privilegios a los ricos, que no quería que las empresas se beneficiasen de tratos fiscales preferentes ni tampoco estaba dispuesta a cruzarse de brazos (como al parece hizo Cameron) cuando empresas extranjeras quieran merendarse a otras británicas en sectores como el farmacéutico. Dos hurras por el libre mercado. Cuando dijo que el nombre completo de su partido era "partido tory y de la unidad" se refería a cerrar la brecha que va separando a Londres del resto del país, y según parece la cirugía de reparación se hará en detrimento de Londres, de la City en particular. Dice que los tiempos de la austeridad han pasado y ha nombrado a un líder sindical para su gobierno, en el que, por cierto, son menos los que han ido a un colegio privado de los que había en el del etoniano Cameron. Una de las ministras anunció hace poco -durante la London pride- que se había casado con otra mujer. No sé quién ha comparado a May con la Thatcher, pero debería hacérselo mirar. 
De lo que todo el mundo habla, claro, es del ilustre bufón, Boris, que ha protagonizado en cascada casi todos los papeles disponibles: de vencedor en el referendum a víctima de la traición de Gove, de haber desaparecido de la escena durante estas semanas a reparecer como ministro de exteriores. Se han hecho toda clase de cábalas sobre por qué la astuta May ha elegido para tal puesto a alguien célebre por su incontinencia verbal: el príncipe de los impertinentes a la cabeza de los diplomáticos, el que comparó a Putin con Dobby (el elfo de Harry Potter), a Hillary Clinton con una enfermera sádica y a Erdogan con un follacabras. Yo tengo la mía. Los ingleses de a pie se relamen de gusto pensando que les representa alguien muy capaz de tenérselas tiesas con gobiernos de todos los tamaños y colores, poner en su sitio a los gobiernos de las razas inferiores. Un Jeremy Clarkson, pero con más latín. Y eso da votos. 

Postdata. En las News at Ten de ayer repasaron brevemente la actitud de los diversos países ante el Brexit. Dijeron que Francia e Italia mantenían una posición dura, intransigente, que los países del Este eran más favorables al Reino Unido porque lo necesitaban para contener a Rusia, que Alemania se situaba en un término medio... ni una palabra sobre España, que ni está ni se la espera. Entonces caí en la cuenta de que, en un consejo europeo, con todos los peces gordos reunidos en torno a una mesa durante horas, cuando Rajoy se aturulle con una de sus esperpénticas frases sobre los vecinos, el alcalde, los seres humanos y los sentimientos, ¿qué cara pondrán los intérpretes que, en cuestión de segundos, tienen que verter tales despropósitos al alemán, al inglés, al francés y demás lenguas oficiales? ¿Optarán por un piadoso silencio? Y en otro orden de cosas, ¿cómo se traduce una incoherencia estúpida?

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